9 Leyendas Cortas de Saltillo

9 Leyendas Cortas de Saltillo 1

Por Jesús Castro

Historias de muertos aparecidos perduran en las viejas calles y casas de la ciudad, quienes conviven con ellos comparten sus espeluznantes experiencias

No es de extrañar que en los barrios más tradicionales de Saltillo se cuenten cosas que pocos ven, pero muchos comentan. Más de una persona ha podido sentir la presencia de alguien que mora en el más allá, pues las viejas construcciones albergan historias poco usuales.

Carretas fantasmas, apariciones de muertos, y avistamientos del mismísimo diablo, afirman los lugareños, aún se pueden ver en esta ciudad.

Historias escalofriantes se viven noche tras noche, y quienes las viven aún muestran el terror en sus rostros al recordarlas.

`Yo vi a la muertita’

Más de una persona ha podido sentir la presencia de alguien que mora en el más allá, pero otros cuantos afirman que han podido ver a los que ya no están con nosotros

Teresa Rodríguez, quien vive en la casa junto a la que visitamos con los investigadores de lo paranormal, conoció a la difunta, a quien llamaremos “Olga”. Convivió con ella en vida y fue quien la encontró muerta, con el rostro desencajado. “Tenía ataques de epilepsia”, dice, “de eso se ha de haber muerto”.

En el pequeño patio de su casa, Tere se desvive en ademanes, se niega a entrar nuevamente a la casa de quien dice fue su amiga, pero cuenta con claridad que la sigue viendo, que “Olga” continúa habitando esa casa.

“Yo limpié la casa cuando se llevaron el cuerpo y sacaron los muebles, pero en la noche se escucharon ruidos, pasos por todos lados, como si hubiera alguien, fuimos a ver mi esposo y yo, pero no había nadie”, expresa la mujer.

Luego describe que en esa misma semana oyeron como si rompieran un vidrio, volvieron a entrar al lugar, una ventana estaba rota, pero también vieron en el suelo un señuelo de pedacitos de tela, lo siguieron hasta llegar a la cortina de la recámara donde murió la antigua dueña, la tela tenía un hoyo, Tere unió los pedacitos recogidos y observó que formaban una mano bien delineada.

“La cortina no estaba así, yo la vi antes y no estaba rota, la rompió una mano, pero nadie podía entrar ahí, porque nomás yo tenía las llaves. El agujero era como del tamaño de la mano de mi amiga, me acuerdo bien”, platica Tere. Detiene un poco la plática, toma aire y luego continúa.

Eran como las seis de la tarde cuando regresaba de la tienda, apresuró su caminar cuando pasó frente a esa casa, pero luego pensó, “a qué le tengo miedo”, y en ese instante, como quien se siente observada, volvió la vista a la habitación del segundo piso de la mencionada casa.

Entonces, con los ojos más abiertos que en toda la entrevista, Tere declara: “La vi, vi a la muertita, pasó de un lado a otro, bien clarito que la observé por la ventana de arriba, era ella. Ave María purísima, me persigné y el cuerpo se me hizo quien sabe cómo, y que me voy a mi casa a contarles a todos”, porque el resto de la familia también han sido testigos de otras apariciones”.

La familia Rodríguez podría pasarse la noche entera contándonos todas las cosas que oyen y ven, pero no acabarían. Lo que sí aseguran es que se han acostumbrado tanto al fenómeno, que cuando oyen algo o sienten una presencia cerca, ya ni miedo les da. “Yo hasta le digo, “Olga”, ¿ahí estas?, ya sabes que estás en tu casa”, expresa Teresa, y agrega, “porque yo sé que ella sigue ahí, en su casa”.

Alma y el niño


No todos aceptan la existencia de apariciones, pero para ella ha sido más que real esta experiencia

Estaba buscando a un tal Felipe Mexquitic, vigilante de la Escuela de Artes Plásticas, ubicada en la calle Juárez, frente a la Plaza de Armas, pero no doy con su paradero. Un grupo de alumnas se acercan y les digo que ando en busca de historias de aparecidos, y de inmediato me llevan hasta donde está otra estudiante.

“Alma”, se hace llamar, porque no quiere que sepan quién es. Está sentada en el patio y me pide salir a la plaza. Ahí me explica que oculta su identidad porque lo que vio le ha traído algunas burlas de sus compañeros.

“Era como estas fechas del año pasado, estábamos preparando el altar de muertos, pero ya era tarde, casi de noche, habían cerrado la escuela y nomás estábamos como cinco amigas”, recuerda la estudiante. En cierto momento, sus amigas salieron por unas mantas que habían dejado en el coche estacionado afuera, y la dejaron sola.

Estaba en el patio cuando escuchó pasos detrás de ella, sintió la presencia de algo pequeño que se movía hacia el salón grande, frente a las oficinas de la Escuela.

“Yo lo vi, era un niño, así como de unos cinco años, pensé, ha de ser el hermanito de una de mis amigas, y me fui detrás de él. Chiquito ven, me acuerdo que le dije, pero en eso se metió al salón”, cuenta Alma.

La chica se fue detrás y alcanzó a observar como aquel niño se metía detrás de unos muebles. En eso llegaron sus amigas. Alma hace una pausa y luego reproduce el diálogo.

– ¿Qué haces?-, le preguntaron.

– Busco al niño-, respondió.

– ¿Cuál niño?-, le dijeron.

– El que viene con ustedes, no se hagan, se metió allá atrás-, continuó Alma.

– Nosotras no traemos ningún niño-, le contestaron.

Intrigadas fueron hasta el mueble y se dieron cuenta que no había nadie.

“Yo me desmayé, ya no supe qué pasó, dicen que todas gritaron, recogieron las cosas y me sacaron como pudieron. Desperté en la Cruz Roja”, platica un poco alterada, parece que quiere llorar. Le ofrezco papel, luego se levanta y dice, “ya no me quiero acordar de eso, mejor ya me voy”, y sin decir adiós vuelve a entrar a la escuela.

Lamenté no haber tenido a la mano una conocida fotografía de ese edificio que en otra época fue la famosa cantina Jockey Club, en cuya imagen aparece el fantasma de un niño sobre el reloj, a un lado de la barra. Quizá la chica lo hubiera reconocido.

Cadenas del más allá


Las viejas construcciones de Saltillo albergan diferentes historias y en algunas se pueden ver cosas poco usuales

Para nadie es secreto que la actual Biblioteca Municipal de la esquina de Aldama y Bravo, junto con el edificio que alberga al museo Vito Alessio Robles, en Hidalgo, fueron en otro tiempo una cárcel, y también un seminario. En el Vito, un vigilante había prometido una buena historia de lo que ahí se aparece, pero al final dijo que no.

Pero uno de los albañiles que trabajó en la remodelación de la casa del patrimonio artístico de la UAdeC, junto al museo Casa Purcell, se atrevió a contarnos una experiencia cuando fue contratado, hace años, para hacer unas reparaciones en la Biblioteca Municipal.

“Ahí se oyen cosas bien feas”, expresa, “déjeme le cuento lo que vi”. Relata que había llegado temprano, todavía no salía el Sol, pero el vigilante le abrió. Se sentó junto a uno de los pilares a esperar a los otros albañiles. Entonces escuchó que arrastraban cadenas, pensó que era el vigilante y se levantó para ver si necesitaba ayuda, pero no vio a nadie. Sin embargo, las cadenas cada vez se escuchaban más cerca.

“Mire, era como si fueran caminando delante de mí, se oían fuerte, como que chicoteaban, ahí yo sí me cisqué, y que me doy la vuelta, mire, por Diosito santo que lo vi, era un hombre así de grande que corrió por el patio y se escondió en una columna. Sí me asusté y le grite al vigilante, pero nomás no venía y dije, no me estará vacilando”, platica Julio, quien continúa narrando que en ese momento vio entrar al vigilante, que había salido un momento.

“Ahí anda alguien”, le dijo Julio, y entre los dos se fueron a buscar, pero no encontraron a nadie. “Desde entonces no me meto solo a esa casa, ni lo mande Dios que se me vuelvan a aparecer”.

Mientras platico con el albañil, se acerca uno de los policías municipales que dan vialidad por esa esquina, quien nos cuenta que de la noche en esos lugares se escuchan lamentos y cadenas, gente que grita, por eso en la noche casi no dan rondines solos, siempre andan acompañados, porque saben que por ahí asustan.

“Por diosito santo que lo vi, era un hombre así de grande que corrió por el patio y se escondió en una columna”.

El carruaje fantasma


Es extraño en estos días ver carretas enesta ciudad, pero claramente se escuchan en algunas de las calles el andar de las carretas

Por la calle Alvarez encuentro a la maestra María del Carmen Ruiz, lleva prisa, pero en cuanto le digo que sus antiguos vecinos de la calle de Lerdo cuentan que ella vio a un fantasma, la mujer detiene el paso y me atiende complacida.

“Yo estaba muy joven”, dice, “uyyyy, ya llovió, pero lo que le voy a contar es real”. Con sonrisa y paciencia de docente, comienza su relato.

Tenía ella 21 años, todavía vivía en la calle de Lerdo, con sus padres. En esa ocasión, uno de sus hermanos estaba trabajando en el tercer turno. Al llegar éste a la casa, cerca de la media noche, ambos escucharon en la calle algo parecido al trote de caballos.

“Ya mi hermano había entrado, me vio y los dos gritamos al mismo tiempo, ¡una carreta! y corrimos a asomarnos”, expresa la profesora. Ella solo alcanzó a ver por la ventana, pero su hermano sí abrió la puerta, el sonido continuaba, se acercaba, pero en la calle no se veía nada.

Fue entonces que vieron una luz. Dice la maestra que de tan fuerte, los cegó por unos momentos, iluminando por completo la calle.

“Y luego se vino acercando, desde allá de por los panteones se vino acercando y nosotros no nos movíamos, hasta que nos pasó mero enfrente, no se veía nada más, pero se oían clarito las ruedas de una carreta, con los caballos y los latigazos que le daban a las bestias, una cosa que mire, hasta me pone la carne de gallina”, cuenta María del Carmen.

Relata que al siguiente día le contaron a sus papás, quienes les dijeron que no era la primera ocasión que alguien veía esa carreta fantasma, que ellos la habían llegado a ver alrededor de 10 veces y los vecinos más. Ni ella ni su hermano la volvieron a ver.

El misterioso perro negro

Tragedias han ocurrido a causa de las historias que se cuentan en los viejos barrios de Saltillo, como la de este muchacho que vivió de cerca uno de estos relatos

Por los lúgubres rincones de la calle Obregón, corre una tenebrosa leyenda sobre un enorme perro negro, pachón y de ojos rojos como el fuego, que se pasea de esquina a esquina, cual ánima en pena, espantando a los trasnochados.

Y así le sucedió, platica la gente de antes, a un muchacho del rumbo, que ignorando el llanto y los consejos de su madre, vivía un día con otro de baile en baile y de borrachera en borrachera.

Eran las mujeres, la baraja y el alcohol, ídolos adorados de este jovenzuelo sin oficio ni beneficio, que acostumbraba llegar a su casa de madrugada, ante la imagen conmovedora de su madre que lo esperaba sentada en una mecedora.

“Ya no te salgas hijo, mira que un día de éstos se te va aparecer la cosa mala”, le advirtió la buena mujer una de esas noches en que el muchacho, vestido con sus mejores galas, se disponía a asistir a uno de sus famosos guateques.

“Cuentos, madre”, respondiéndole y acomodándose el sombrero cerró la puerta tras de sí.

El muchacho llegó al fandango, alegre bebió, comió y bailó hasta el cansancio con cuanta doncella bonita le tendió la mano, sin imaginar lo que le ocurriría a de regreso a su domicilio.

Al filo de las 12:00, el muchacho salió de la fiesta y echó a andar con desenfado por las calles solitarias del centro.

La noche lucía quieta y sólo se escuchaba el suave murmullo del viento acariciando las hojas de los árboles.

El muchacho entró por Mixcoac a la calle de Alvaro Obregón, apenas avanzó unos pasos cuando de pronto vio por el rabillo del ojo una enorme sombra que lo seguía, parecía la silueta de un dragón.

En ese momento volteó la cabeza y vio detrás de él a un enorme perro negro, pachón y de ojos encendidos, que comenzó a gruñir de un modo espantoso.

Preso del pánico, el muchacho corrió por toda la calle de Obregón y detrás de él, ladrando, el perro negro.

Entonces se acordó de su madre y miró con gran susto que conforme corría más rápido, el perro que lo perseguía se hacía más y más grande.

Sin respiración llegó a su casa, tocó la puerta con desesperación, pero nadie le abrió.

Cuando el perro estaba sólo a unos metros de lanzarse sobre él, el muchacho saltó la barda y cayó rendido en el corral de su casa.

La mañana siguiente fue encontrado de bruces en el suelo. Pasaron los días y el joven enfermó de gravedad. En medio de su agonía relató esta historia a su madre y una noche de tempestad murió.

Del perro negro nadie volvió a saber…

Compañero del diablo

No es de extrañar que en los barrios más tradicionales de Saltillo se vean cosas que pocos ven, pero muchos comentan

A don Luis Valtierra, un antiguo morador del barrio de Santa Anita, se le enchina la piel cada vez que recuerda que a él un día lo encaminó el diablo:

– Sí, a mi me trajo el diablo hasta mi casa…

– ¿A usted?

– ¡A mi…! Suelta con voz temblorosa y recargado en el mostrador de su tienda de abarrotes de la calle Ermita.

Sucedió una de esas noches brumosas y frías de noviembre. Don Luis, que entonces tenía 18 años, regresaba de sus correrías por los callejones de Saltillo cuando, de camino a su casa, se detuvo en una cantina para echarse un trago.

“Yo era vago, hombre, era vago y esa noche me pasé a esa cantina, se llamaba `La Espinita’ y estaba en las calles de Hidalgo y Niños Héroes”.

Sentado en la barra, don Luis pidió una copa, luego dos, tres y después una botella.

Estaba seducido por los humos de cigarro y la música deuna radiola que sonaba a todo volumen, cada vez que algún parroquiano le ponía una moneda de 10 centavos.

“De rato empezaron a decir todos `¡no que ya vámonos, porque no tarda en pasar la ambulancia!’, así le decíamos en aquel tiempo a las camionetas de la Policía que daban sus rondines por la ciudad”.

Sería la media noche cuando el hombre de nuestra historia salió de la taberna dando tumbos y la emprendió solo por una sinuosa vereda rumbo al barrio de Santa Anita.

Ni la luna ni las estrellas habían salido para iluminar aquella noche tan negra y a ratos arrullada por el monótono canto de los grillos.

Don Luis, quien hoy tiene más de 84 años, narra que al atravesar el lecho del llamado Arroyo de “La Muerte”, arroyo en el que de niño había ido a cazar pájaros, liebres y conejos, vio parado en un poste de electricidad a un hombre de capa, traje y sombrero negro, que llevaba un largo puro en la boca y miraba a don Luis con rara insistencia.

Valtierra pasó de largo frente a aquel entacuchado sin saludarlo y caminó más aprisa. El hombre de negro comenzó a seguirlo a corta distancia.

Al llegar a un mezquital que se hallaba en la entrada del barrio de Santa Anita, don Luis volteó para atrás y vio a sus espaldas al hombre de la tejana negra que le sonreía de una manera siniestra.

Sintió entonces que los cabellos se le erizaban y sin pensarla dos veces pegó la carrera hasta su casa. En la puerta lo recibió su padre.

“No le dije nada, nomás entré a mi cuarto y me acosté. El hombre aquel era el diablo, si no pregunten aquí en el barrio, mucha gente lo ha visto pasar”.

“El hombre aquel era el diablo, si no pregunten aquí en el barrio, mucha gente lo ha visto pasar”.

El indio aparecido en el Ojo de Agua

Desde el más allá llegó para rendir culto a uno de los patronos de Saltillo, así lo recuerda doña María de la Cruz, quien relata su historia

Ya son varios los vecinos del barrio del Ojo de Agua que juran haber visto deambular por las polvorientas calles y las profundas barrancas del arroyo “La Tórtola”, al fantasma de un Indio tlaxcalteca que suele aparecer en los últimos días del verano antes de despuntar el alba.

Doña María de la Cruz Gloria, quien vive a orillas de este arroyo, en las calles de Constitución y Fortín de Carlota, también lo vio.

Ocurrió en la víspera de la fiesta del Santo Cristo del Ojo de Agua, una madrugada que doña Cruz se levantó para despedir a uno de sus hijos que se iba a trabajar.

La mujer narra, con el miedo pegado en el rostro, que al salir a la calle rumbo al cuarto de baño que se encuentra afuera de su vivienda, miró al fondo de la barranca poblada de chaparros, a un señor que llevaba puesto un gran sombrero de palma, un sarape de colores y un morral.

El hombre permanecía quieto, recargado en una de las paredes almendrilladas del arroyo y con la cabeza apoyada en un bordón, como si durmiera.

Un escalofrío recorrió a doña Cruz, quien al principio pensó se trataba de alguno de los matachines que ese día danzarían en la fiesta de la iglesia.

La mujer siguió su camino hasta el baño. A su regreso echó otra mirada al fondo del arroyo: el hombre del sarape no se había movido.

“Así duró como dos horas, mis familiares también lo vieron y decíamos: `qué raro, pos quién será ese señor… y qué hace en el barranco'”.

A las 6:00 de la mañana que doña Cruz salió a la tienda para comprar pan y leche, miró con asombro que el indio aquél había desaparecido.

Otros lugareños del barrio del Ojo de Agua refieren haber visto dormido a pie tirante detrás de la iglesia a un indio con la cabeza y el cuerpo de un gigante “¿Será cosa de este mundo?”, todos se preguntan.

Caminar entre el miedo

Los viejos callejones de Saltillo están llenos de historias que, según los lugareños, le pondrían la piel de gallina a cualquiera

Son tantas las historias de espantos y aparecidos que se cuentan en torno al tétrico y oscuro callejón de Gómez Farías, que la gente del rumbo prefiere no pasar por aquí cuando cae la noche.

Los vecinos, que aún habitan las viejas casonas de adobe de este lugar, cuentan del fantasma de una niña de tres años “con la cara de chango”, que a eso de las 2:00 ó 3:00 de la madrugada vaga flotando de esquina a esquina del callejón, desde la calle Saúz a General Cepeda.

“Aquí todos los del barrio la hemos visto, como que nosotros ya nos acostumbramos a los fantasmas”, declara Patricia Rodríguez, quién tiene más de 30 años habitando en este callejón.

Otros hablan de la silueta de un soldado revolucionario, que a toda hora del día se pasea por los zaguanes y los patios de estos caserones.

La gente le ha apodado “El general”, y no hay quien alguna vez no haya escuchado el taconeo áspero y rotundo de sus botas yendo y viniendo por el callejón.

“Se dice que era un general carrancista y si vieras, nomás se oye que pasan las botas”, jura María Olga Agúndiz Bazaldúa, quien recién vino a vivir a esta callejuela.

Algunos más aseguran que durante las noches de luna llena de octubre, suele despertarlos el escalofriante alarido de una mujer que clama por sus hijos.

“Es la Llorona, todos los días se para aquí en la ventana de la casa, no se ve, nomás se oyen el lamento”, refiere María del Rosario Aguilar Alemán.

Entre la gente del callejón, se platica también sobre la aparición de un carruaje jalado por dos caballos negros, en el que viajaban dos jóvenes doncellas ataviadas con velos y vestidos vaporosos.

“Hay gente que muy de madrugada ha visto salir el carruaje de la Quinta Altamira que está aquí en la subida de General Cepeda, pregúntales… “, comenta Patricia Rodríguez.

Dicen que hasta los periódicos han dado cuenta de una mujer de negro, con cara de calavera, que en las noches de llovizna aparece en la esquina de Gómez Farías y la calle de Saúz.

“Hasta salió en la prensa que a un caballero que venía con poquitas copas se le apareció la dama de negro, el hombre se impactó tanto que cayó desmayado”, relata la señora Agúndiz Bazaldúa.

Fantasía o realidad… ¿Quién puede saberlo?

Visitante nocturno

No es de extrañar que los habitantes del centro de Saltillo vean cada Luna llena aquel carruaje en el que viajaba el cura que murió decapitado al ir a visitar a una dama

Será mentira, será verdad, vaya usted a saber, lo cierto es que la gente del barrio del Aguila de Oro cuenta la historia de un sacerdote que algunas noches, pasadas las 12:00, solía venir en su carruaje desde la antigua iglesia de Lourdes, hoy Nuestra Señora de la Salud, hasta la casa de una dama de mala reputación que vivía en la añosa calle de Simón Bolívar.

“¿Qué andará haciendo el padrecito a estas horas en casa de esa mujer?”, “¿estará enferma?”, “¿vendrá de visita?”, “¿serán amantes?”, murmuraban los lugareños cada vez que escuchaban el galope de los caballos y veían rodar al despoblado la carreta de aquel ministro de Dios.

Pasaron las semanas y los meses. El sacerdote siguió acudiendo puntual a su cita nocturna con aquella damisela de la calle de Simón Bolívar.

Quién iba a decir que un día la gente del barrio del Aguila de Oro no lo vería más entrar en esa casa.

Narran que una de esas noches de tormenta, cuando el cura se dirigía al barrio del Aguila de Oro para encontrarse con aquella mujer, los caballos desbocaron a un barranco en medio de relámpagos, viento y lluvia. El cura no tuvo tiempo de pedir auxilio y murió bajo la carreta con la cabeza cercenada.

“¡Castigo de Dios!”, sentenciaron sin clemencia los vecinos del barrio. Y desde entonces dicen que en las noches de luna llena, pasadas las 12:00, se mira venir por la calle de Simón Bolívar un carruaje jalado por dos caballos, a cuyas riendas va la silueta de un cura sin cabeza.

Publicadas en Vanguardia el 29 de Septiembre 2015

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Foros ¿Has tenido alguna experiencia paranormal en Saltillo?

  • ¿Has tenido alguna experiencia paranormal en Saltillo?

    Publicado por DeSaltillo el 20/11/2022 a las 13:04

    Nuestra ciudad tiene una gran cantidad de leyendas que se han pasado de generación en generación.

    Algunas de ellas cuentan experiencias paranormales que les han sucedido a los protagonistas de estas leyendas.

    En esta ocasión nos gustaría recopilar historias ó experiencias paranormales de nuestros visitantes.

    ¿Has tenido alguna experiencia paranormal en Saltillo? Comparte con nosotros tu historia…

    DeSaltillo respondido hace 1 semana, 5 días 1 Miembro · 0 Respuestas
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