La Leyenda del Llorarás del Penal de Saltillo

La Leyenda del Llorarás del Penal de Saltillo 1

Por Jesús Peña

Dicen que tenía el miembro más grande que un envase de pepsi triple, algo así como el tamaño de una botella de refresco de medio litro, pero más largo; otros que en el lomo de su pene le cabían 15 golondrinas, con su debida distancia entre cada una, quedando la última con una manita y una patita colgando; los más aseguran que era tan prominente que simulaba un dromedario de siete jorobas, y no era cuento.

Así es que, ay de aquel al que se le ocurriera cometer algún incalificable acto contra una niña, niño o anciano, porque en cuanto cayera en la prisión del pueblo iba a ser pasado, sin miramientos ni dilaciones, por la descomunal arma de este personaje de pudendo bestial.

Tan no era cuento, que aun hay quienes aseguran que nomás de oír el nombre de aquel señor de dote tan grosera, hasta los más malditos y despiadados que habían caído en la penitenciaría por violines (violadores), se ponían a temblar y a llorar de miedo, cuando no se meaban o se cagaban del susto. Llorarás, llorarás, llorarás.    

Bastaba que alguno de los presos diera el grito de aviso: ¡Ya parió la leona! (las fábulas de la cárcel cuentan de una leona auténtica que alguna vez sirvió de custodio), señal de que algún abusador de un infante de uno u otro sexo había cruzado la puerta grande de la prisión, para que en un tris se pusiera en acción el comité de bienvenida. Es decir, los encargados de realizar la ceremonia dedicada al violín y que consistía en someterlo, mientras era penetrado hacia la retaguardia por el hombre aquel del falo insólito, pa que veas lo que se siente, cabrón. Tú violaste ái te va.., tú violas, él debe violarte también, así como hiciste llorar, llorarás, llorarás, llorarás.

Es la ley: los pecados se castigan en la tierra y el penal es el infierno de los violines.

Los lamentos de dolor de aquel imbécil que había osado ultrajar a una niñita, percutían horriblemente en todo el penal: con la vara que midas, serás medido.

Porque hasta entre los delincuentes más peligrosos, los más rudos, los más duros existen códigos de ética, conciencia, moral y en la escala de valores de los asesinos y los rateros de la cárcel, el violador de niños y el golpeador de sus padres son los seres más despreciables que puede haber sobre la tierra, los más abominables. Ah ¿le pegaste a tu mamá?, pos vas a ver cómo te va aquí.

Afuera de la prisión los parientes de las víctimas, qué más pueden desear, clamando por que maten al pinche perro cabrón del violín.

A ese reo del priapo exuberante, era a quien todos en el penal llamaban con mofa reverente El Llorarás, el ejecutor, el vengador anónimo de la sociedad, que tenía la encomienda de aplicar la ley del talión y ajusticiar a cuantos violadores y homicidas de niños cayeran en sus manos. Ojo por ojo y diente por diente, y todos le temían y todos lo respetaban.    

A nadie le consta, pero dicen que El Llorarás había sido un soldado de tropa, apodado El Fierros, que purgaba condena en la penitenciaría estatal por haber matado a un oficial de grado, de carrera. Tenía una pinga del tamaño y grosor de un envase de pepsi-cola triple y más larga que una botella de refresco de medio litro.  

Otros que no, que El Llorarás había sido un preso de Torreón nombrado Juan Vázquez o Velázquez, sentenciado, precisamente, por los delitos de violación y homicidio. Un chacalón, que se había hecho famoso por infundir terror con su monstruoso falo, como un camello de siete jorobas, a los de su calaña.

De ahí fue que nacieron los dichos de los comentaristas de noticiarios de radio y los columnistas de periódicos de nota roja, cuando daban a conocer alguna información relacionada con alguien que había cometido abuso sexual en contra de una criatura: Allá te van a invitar un cafecito con El Llorarás y de él no te pelas.

Entonces, se dice, imperaba en la cárcel una suerte de ley del silencio y El Llorarás, el Príapo andando y andante, monstruoso caballero de lanza en ristre, cobraba las afrentas a los pervertidos sexuales, sin que nadie se diera cuenta -o fingían no enterarse.

Nadie sabe, nadie supo y usté – se lo voy a decir como decimos aquí – miramón y cayetano, la ley del silencio, de esas leyes no escritas pero dictadas y respetadas por la delincuencia en los centros penitenciarios.

Y luego los custodios negándolo a los periodistas: que no licenciado, que cómo cree, que imagínese cómo estaríamos ahorita con Derechos Humanos, con las familias, porque es un delito. Afuera la gente del pueblo diciendo: Si violan en un internado escolar, a poco no van a violar en la cárcel y Cuando el río suena, es porque agua lleva.

Sobre El Llorarás se inventaban infinidad de historias, como la de que era un homosexual activo al que le gustaba seducir por la vía pacífica, usando una técnica conocida como El pulpo, que consistía en una caricia repetitiva por encima de la rodilla de sus víctimas, con los cinco dedos de la mano, hasta que las convencía de entrar a su celda.

La advertencia era común a los novatos, a los recién llegados: Aguas, porque te van a acomodar con El Llorarás y de ahí no te salvas, porque maneja El Pulpo. Otros habían propalado el chiste de que El Llorarás era el enamorado mal correspondido del director en turno de la penitenciaría, a quien le gustaba acosar yendo detrás de él, soplando con la boca sobre un organillo improvisado, formado con un peine de bolsillo y una hoja de papel, la canción de Sueño imposible.  

Algunos juran que no, que El Llorarás es un mito, que nunca existió, que no era un soldado ni un chacalón, sino un grupo de prisioneros, sobre todo aquellos que no tenían visita conyugal, encargados de castigar a los violines, obligándoles a dar la vuelta al ruedo, conformado a veces hasta por 20 o 30 presos, y ora vas tú, yo, el otro, el otro, el otro y ora mámemela puto.

El ejecutor principal de aquella turba, dicen los reos, era el mejor dotado sexualmente, por algo le llamaban El Llorarás. Y la multitud de internos los pateaban, los escupían y les decían chacal para toda la vida, y luego los agarraban de carrilla de tiempo completo: que se pusieran a lavar la ropa, a trapear y a hacer la comida para los jerarcas del penal, para la pandilla dominante y los días y las noches, las semanas, los meses en la cárcel se volvían un infierno para los violines.

Después, ¡sobres!, a violarlos otra vez y otra y otra y otra y luego a tirarlos a león. Al rato el violín andaba con los ojos hinchados, los labios reventados, el culo desgarrado y las manos hechas trizas.

Como quiera que fuese, de lo que sí existe plena certeza es que en la penitenciaría de Saltillo, como en las de muchas metrópolis, al menos de América Latina, tienen su Llorarás, hay siempre uno, y a los que se pasan de violines les truenan la nuez.

No, El Llorarás, dice la historia reciente, era un tipo alto, robusto, pelón, moreno y como de 35 años, al que tenían encerrado en el Área de Vigilancia Especial (AVE) del penal, acusado de cometer robos con violencia. Le decían La víbora, no se sabe si porque llevaba una serpiente tatuada en el brazo izquierdo o por la manera en que hostigaba con su risa diabólica y sus amenazas a los violines recién llegados.

Tráiganme a uno de esos que están llegando Te voy a violar cabrón, te voy a matar. No faltó quien se meara o se zurrara del susto, aun los que tenían pinta de más malditos y a los que los custodios amedrentaban con el te vamos a mandar con La víbora y te vamos a mandar con La víbora.

Una leyenda más sugiere que El Llorarás era ese personaje de las cárceles que llevaba años de estar recluido, sin tener sexo, y al que el propio alcaide de la prisión enviaba a los sinvergüenzas que habían abusado de niños. Los más imaginativos cuentan de un preso al que apodaban El siete cueros, que por cabezón no aprendió a leer, era un fenómeno, y no había violín que lo aguantara un rato.

Sin embargo, por los corrillos de la penitenciaría de la ciudad circula la versión de que El Llorarás, es más bien un artefacto de madera en forma de pene, una especie de consolador grandotote, con el que los internos de la cárcel suelen ajusticiar a los que caen por el delito de violación contra un menor.

El ritual, llamado El Cobijazo, consistía en que los reos lanzaban sorpresivamente una cobija sobre el violín que iba pasando, lo despojaban de pantalón y calzón y vámonos, le introducían por el trasero la estaca de madera fabricada por un carpintero de la cárcel. Los participantes llevaban cubierto el rostro con sus playeras o un paliacate, a efecto de evitar ser identificados por el violador y que más tarde éste pudiera levantar cargos en su contra.  

Pero la verdad verdadera es que El Llorarás no era un soldado matón superdotado del pene, como la gente cree, ni un chacal, tampoco una turba de presidiarios necesitados de sexo y con sed de venganza, y mucho menos un consolador gigante tallado en madera por los carpinteros de la penitenciaría.

La leyenda del auténtico Llorarás se forjó allá por los años setentas del siglo pasado, en la antigua penitenciaría estatal, un edificio tipo panóptico de seis pisos y 200 celdas, construido en tiempos del Porfiriato. Y el sonoro y sugerente apodo de El Llorarás, no era, como la gente piensa, porque tuviera un miembro grande y grueso para hacer llorar de dolor a los violines.

No, al Llorarás le decían así, El Llorarás, porque le gustaba cantar por los patios de la prisión las estrofas de una melodía de la época, que interpretaba Javier Solís y que finalizaba: y cuando sientas la nostalgia por mis besos, llorarás, llorarás, llorarás.

Dicen los que le conocieron que era un hombre más bien chaparro, moreno, delgado, como de unos 40 años, aunque parecía un anciano, de cabello quebrado, con entradas en la frente y un gran mechón.

Había ingresado en la prisión por haber dado muerte a un individuo durante una riña callejera a cuchillo. Tenía El Llorarás gran afición por las pastillas psicotrópicas, que ya le habían comenzado a provocar temblores en el cuerpo y periodos de agresividad verbal, debido al estado de alteración nerviosa que le ocasionaba la ausencia de droga.

También le temblaba la voz. No era que tuviera el pene más poderoso de todo el penal, era que de todo se quejaba y lloraba.

El Llorarás lloraba porque hacía frio, lloraba porque hacía calor, lloraba porque la comida era mala y aunque no lo fuera, y porque todo estaba mal. Los presos de la penitenciaría se burlaban de él, pero todos lo querían y lo escuchaban.

Algo muy bueno tenía, sin embargo, El Llorarás y era su increíble habilidad para fabricar artesanías, armando barquitos de madera, por ejemplo, dentro de un foco eléctrico. No era que El Llorarás fuera un ajusticiador de los violadores, ni un vengador anónimo de la sociedad, cuando ni siquiera les dedicaba un qué buena estás, a las guapas psicólogas y trabajadoras sociales que visitaban rutinariamente el penal.

Y sólo una vez, dicen los que le trataron, cometió violación sobre el abusador y homicida de una pequeña. Para que sepa lo que se siente, confesó a las autoridades de la cárcel.   Nadie recuerda ya su nombre, sólo que provenía de Torreón, pero de algo sí están seguros: que el verdadero Llorarás, no fue todo eso que alguna gente se imagina

Publicado en Vanguardia el 28 de Septiembre 2015

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