Las Cuevas – Leyenda de Saltillo

Las CuevasEl espíritu de los pueblos se forma por sus costumbres y por el medio en que ellos viven, y se transmite de generación en generación, con las leyendas, los cuentos, las historias y los recuerdos personales que forman, a veces, el sabroso tema de conversación de los ancianos. En una de esas delicadas pláticas de sucesos de antaño tuve ocasión de escuchar el relato siguiente:

“Desde antes, mucho antes de que todos los que están aquí nacieran, se ha venido festejando año tras año en el mes de agosto la función religiosa de ‘Las Cuevas’, dedicada a la Santa Cruz, como propicia devoción para traer bonanza en las cosechas y ventura y paz a los hogares. En esa fiesta, como en todas las de su clase, nunca han faltado las danzas de matachines, los puestos de fritangas, y frutas regionales, los teñidos de cañas y ‘ruidos de uña’ (cacahuates), las tinajas de atole blanco y champurrado, los carcamanes, las perinolas, las loterías de baratijas, la ‘chuza’ y hasta los expendios de curado.

La cucaña o palo ensebado, los cohetes y corredores y tradicionales árboles de pólvora, han completado siempre lo típico de la festividad, para la cual se forma una verdadera romería, sin embargo de que ‘Las Cuevas’ están situadas aproximadamente a dos kilómetros del centro de Saltillo hacia el Sureste en la prolongación de la calle de Las maravillas, después Netzahualcóyotl ahora de Obregón”.

Como ustedes saben, ya esta festividad no se celebra con el esplendor y el entusiasmo de antes, y voy a contarles lo que hace muchos años sucedió en una de ellas. Como era costumbre, los preparativos para la festividad se empezaban a hacer desde las primeras horas de la mañana. Las familias se reunían para formar los famosos días de campo en guayines de alquiler o vehículos particulares.

Cada familia cargaba con sus canastas llenas de provisiones, algunas mantas y almohadones para sentarse y descansar bajo las sombras de los árboles de las huertas cercanas o en los barrancos del arroyo que está a pocos metros del lugar de la función. Aquella vez, la fiesta se vio un poco desanimada debido a que después de mediodía se empezaban a formar negros nubarrones que al fin desataron en fuerte lluvia, obligando a los vendedores a recoger sus puestos y guarecerse en las humildes casuchas del rumbo.  Muchos se quedaron afuera, recibiendo el chaparrón ya debajo de los guayines o a campo raso.

Cacahuates, cañas, naranjas y muchas otras cosas cuyos dueños no habían podido recoger a tiempo, fueron arrastradas por la avenida. Los truenos y los rayos, deslumbrantes unos y ensordecedores y crispantes otros, formaban un ambiente de tragedia, pues se sucedían con pequeños intervalos, y el eco retumbante de los primeros en los cerros cercanos juntamente con el aguacero que se transformaba en tormenta, hacía el espectáculo más espantoso.

Las mujeres devotas rezaban de rodillas, implorando al Creador, para que hiciera cesar la tempestad. Por doquiera se veían caras con palidez de espanto y se confundían los gritos y lloros de los niños con estruendo retumbante de las descargas eléctricas. Nadie osaba moverse de su lugar para no ser arrastrado por las lodosas aguas que aumentaban constantemente.

De pronto, empezó a oírse un sordo ruido que momentos después se convirtió en un ruido ensordecedor. Estaba bajando ya la avenida por el arroyo de las barrancas en cantidad extraordinaria. Ya cerca del oscurecer, aminoró la lluvia, mientras la gente recobraba la tranquilidad, y precipitadas y rugientes, aumentaban las turbias aguas del arroyo que ya en muchos lugares amenazaba desbordarse.

La mayoría de los asistentes a la función se acercaron al arroyo para ver el imponente espectáculo de la avenida. De pronto se escuchó un grito unánime de la multitud. Acababan de ver un enorme tronco de árbol arrastrado por la impetuosa corriente y aferrada a sus ramas y con un niño amarrado a la espalda, con el rebozo, una pobre mujer que ya casi sin fuerzas, pedía socorro.

Aquel doloroso cuadro conmovió hondamente a don Tiburcio Martínez, quien subiendo rápidamente en su caballo y desamarrando su reata, salió en vertiginosa carrera por el camino de la Fundición, corrió casi desbocado hasta el callejón del “Chivo”, y fue a pararse sobre el puente recién construido del ferrocarril Coahuila y Zacatecas, arrojó la reata, lazó el árbol en que iba la infeliz mujer con su hijo a cuestas, logrando detenerlo.

Desmontó, se hizo a la orilla, enredando la reata a un poste del puente para tirar con más fuerza, sacó a la mujer, ya casi desmayada, con el chiquitín atado a la espalda. Aquel acto heroico de don Tiburcio se extendió por la población y los alrededores, suscitando admiración y alabanzas, y más cuando se supo que la mujer salvada de la impetuosa corriente era la esposa de Santos Martínez, hermano de don Tiburcio, y quiso la Providencia, según decían las gentes, que su cuñado la salvara para unir nuevamente a aquellos hermanos, que por viejas rencillas de familia hacía mucho tiempo que ni siquiera se saludaban. No hace más de cuarenta años de estos hechos.

Es posible que aquel niño viva en algún lugar de la tierra y no conozca la historia del hecho por el cual se encuentra actualmente entre los que llevamos a cuestas la cruz de estos tiempos. Y como dato curioso de esta verídica narración, que muchos han de conocer en Saltillo, terminaré diciéndoles que un arriero, aquella misma noche, se encontró en un lugar cercano a “Las Cuevas”, varias cajas duraznos, y dijo celebrando el hallazgo:

Por eso es bueno que llueva,
para cosechar duraznos,
y conducirlos en asnos
de la Fundición a la Cueva

Froylan Mier Narro
de su libro “Leyendas de Saltillo”

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