Historia de la Alameda Zaragoza de Saltillo

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Desde el año de 1836 las autoridades municipales y estatales tuvieron la necesidad de dotar a la ciudad de un parque. Sería hasta los años de 1856 a 1860 cuando, movidos por el entusiasmo del empresario saltillense don Luis de Cepeda, se adquirieron terrenos en la parte poniente de la ciudad para iniciar la construcción del Parque Zaragoza.

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Braulio Flores, conocido como “El Rey Dormido” –personaje de la guerra contra Estados Unidos que ganó celebridad por haber dado muerte a varios soldados invasores– pagaba en ese tiempo una condena por homicidio en la cárcel del estado. Flores propuso que se le redujera la condena a cambio de hacer los trabajos de plantaciones de árboles en el nuevo parque. La petición fue otorgada por parte de las autoridades. “El Rey Dormido” y otros reclusos  plantaron un buen número de árboles como fresnos, álamos y truenos.

En el año de 1877 las autoridades del municipio de Saltillo y del Gobierno del Estado de Coahuila adquirieron un terreno con el propósito de ampliar la Alameda. Este lote estaba situado entre las calles Victoria y Ramos Arizpe.
Tres años más tarde se compró por la cantidad de $268.00 pesos, pagados en tres abonos, la parte poniente que da a la calle Cuauhtémoc. Con esta adquisición quedaron concluidas las dos secciones de la parte vieja y de la nueva de la Alameda, que en aquel tiempo estuvieron divididas por la calle Victoria.

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Los ingenieros civiles W. D. Nicholson y Teodoro Sperry Abbott habían establecido un bufete de arquitectos y contratistas en la ciudad. Como parte de sus servicios, esta firma realizaba levantamientos de planos, avalúos, presupuestos y la dirección de obras. Uno de los trabajos encomendados a este despacho por parte del gobierno fue precisamente el trazo y diseño de la Almadea Nueva, en la parte sur del parque.

El señor Abbott se convirtió  más tarde en el ingeniero de la ciudad.

Nuestra ciudad no sería la misma sin la Alameda, símbolo y orgullo, donde nuestros abuelos y hasta los padres de éstos se deleitaban al pasear por sus pasillos repletos de majestuosos y frondosos árboles seculares y de fresca sombra, trasmitiendo calma y sosiego en un lugar perfecto para la reflexión.

Don Venustiano Carranza, cuando fue gobernador de Coahuila, solía hacer paseos todos los días en este parque. El lugar ha sido escenario del inicio de muchísimos romances de parejas saltillenses, y extranjeros y visitantes, con sutil espíritu de observación, dan cuenta de la belleza de este pulmón de la ciudad, a través de las casi olvidadas tarjetas postales.

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