El Molino de Belén

 

Por Froylán Mier Narro

Es la creencia general de la presente generación, que el Molino de Belén, cuyas ruinas se encuentran al oriente de la ciudad, fue destruido a causa de los combates librados por aquel rumbo, en épocas revolucionarias.

Como a últimas fechas se ha recordado el nombre de un establecimiento que fuera emporio de riqueza y de trabajo en tiempos ya idos, haremos una breve historia del viejo molino, para entrar después en la conseja y la leyenda que corren ahora con misterio y espanto entre aquel populoso vecindario que vive actualmente en sus cercanías.

Un rayo fue la causa de que el Molino de Belén se incendiara, convirtiéndose en agrietadas ruinas de caliche, deformes pedazos de hierro retorcido y hacinamientos de piedras y tubos, entre los cuales existe aún la muela, la famosa muela de piedra traída desde Francia para moler el trigo.

Y aquellas paredes que fueran nido de palomas, son ahora guaridas de búhos y murciélagos que, atraídos por la soledad, hacen en ellas su morada.

En la época revolucionaria el viejo Molino sirvió de parapeto, tanto a las fuerzas federales comandadas por el General Joaquín Mass en 1913, como a las huestes de don Venustiano Carranza, en períodos posteriores; pues era aquel rumbo el que juzgaba más a propósito para atacar a Saltillo los revolucionarios que venían de la Sierra de Arteaga.

Una vez, en el año 1914, cuando las fuerzas del Gral. Francisco Coss se acercaron para tomar la plaza, el comandante de las fuerzas federales mandó varios destacamentos para proteger aquel rumbo, mantener los fortines de Carlota y de los Americanos y defender el centro de la ciudad, desde los techos de la catedral de Santiago y Palacio de Gobierno.

Bien sabían los federales que no tardaría mucho el ataque. Unos cuantos días después, se acercaron las fuerzas del General Coss a “Las Tetillas”. Muchos soldados revolucionarios, deseosos de ver a sus familiares que vivían cerca del Molino de Belén, se aproximaron con arrojo y valentía hasta el Molino; pero fueron rechazados, después de sangrienta escaramuza. Uno de los soldados federales que resultó herido, se arrastró fuera del Molino, hasta una de las viviendas cercanas a las ruinas, para pedir un vaso de agua.

Una mujer de corazón noble, aunque era esposa de uno de los revolucionarios atacantes, no tuvo empacho en atender a la petición de aquel infeliz, y después de darle de beber, se dedicó a la tarea de vendarle la herida. En esos momentos volvieron las huestes revolucionarias a atacar el Molino, con refuerzos suficientes, y lograron desalojar a los que en él estaban parapetados, que se replegaron al centro de la ciudad, a donde ya los atacantes comenzaban a penetrar por otros sectores.

El esposo de la buena mujer que atendiera al herido, se dirigió inmediatamente a su casa después del combate, y fue grande su sorpresa al encontrar en ella, al “mocho” aquel, vendado por su esposa: lleno de furor, sacó el marrazo, y se lo enterró en el pecho al soldado federal y a la desdichada mujer que, en su opinión, le había sido infiel. Y cuando las tinieblas cubrían aquellos contornos, se llevó arrastrando los cadáveres hasta el Molino, cavó un foso y echándolos juntos, los cubrió de piedras y tierra. Y enseguida, tal vez arrepentido de su acción, o en un acto de locura, el revolucionario se clavó el marrazo en el corazón, cayendo desplomado sobre la tierra que cubriera los cadáveres de sus dos víctimas.

Han pasado los años, en varias ocasiones se ha asegurado que por aquel lugar “espantan”, y para no incurrir en mentira, dejemos a la conseja pública, con todo su sabor, el cuento de los aparecidos del Molino de Belén.

Un día conversaban amigablemente los vecinos x y z en la esquina que formaban las calles de Juárez y La Fragua, antes de que iniciara la construcción de la Estación de Saltillo al Oriente, desde cuyo lugar, se apreciaba la silueta del viejo Molino. Una conversación de esas en las que las horas se pasan sin sentir, saboreado uno tras otro los cigarrillos.

Noche de abril, tranquila y plácida, de esas noches que invitan más a estar fuera del hogar que revolviéndose en el lecho. La serenidad del ambiente, un aire casi imperceptible que soplaba de Este a Oeste, hicieron que los dos amigos oyeran la campanada del reloj de Catedral dando la una de la madrugada.

–Vámonos –exclamaron a un tiempo. Y ya para despedirse, percibieron en medio de la obscuridad, con dirección al Molino, una luz que los obligó a comentar sobre ella.

–¿Es el Molino? –preguntó uno de ellos.

–Parece; pero más bien creo que están quemando leña en la sierra para hacer carbón –dijo el otro.

Se quedaron los dos contemplando fijamente la lucecilla, y vista con más atención, se dieron cuenta de que cambiaba de
lugar, yendo de un lado a otro.

Hombres avezados a las aventuras nocturnas, parados muchas veces por algún desconocido, a las altas horas de la noche, para
preguntarles “qué horas son”, o decirles “présteme su lumbre”, o provocados por algún trasnochador ebrio, no se intimidaron ante el
espectáculo que tenían enfrente; pero sin darse cuenta, sus piernas flaqueaban, y no obstante sus esfuerzos para caminar hacia donde estaba la luz, no pudieron hacerlo. Sin embargo, por un buen rato estuvieron pendientes del fenómeno, hasta percibir que una
silueta blanca iba unida a la lucecilla. Considérese el espanto de los individuos, el contemplar aquel extraño espectáculo.

–Un hilo de frío me corre por las venas –murmuró el más viejo.

–Igual me pasa a mí –dijo el más joven.

–¿Qué será?

Transcurrió un cuarto de hora, sin que ni uno ni otro tomaran determinación alguna; pero algo repuestos del terror, se separaron
involuntariamente, y cada quien “ganó para su casa”.

Al día siguiente, el sucedido se extendió como reguero de pólvora, por toda la barriada y fue motivo para que la mayoría de los vecinos dijeran que a ellos en otras ocasiones les había sucedido la misma cosa.

Pasó el tiempo; el recuerdo de tales sucesos sólo se conservó por las gentes de poco ánimo, que temerosos de presenciar algo semejante, preferían hacer un rodeo por otras calles, para no pasar frente al Molino, cuando a la media noche regresaban a sus casas

Pero no termina aquí la leyenda. Pocos años después se inició la construcción de la estación del ferrocarril Saltillo al Oriente,
y varios edificios destinados a oficinas cubrieron la fachada del Molino, que ya no pudo verse desde la esquina que forman las
calles de Juárez y La Fragua. Los vecinos de aquellos rumbos no tuvieron ya qué hacer un rodeo para ir por no sé qué causa. A
un bombero de los que sacan agua de las norias que están a 200 metros detrás del Molino, se le ocurrió pasar frente a las ruinas,
es decir, dando vuelta por el costado que ve al Norte. A su espanto y tétrica aseveración dejo el cuento de lo que afirma que le acaeció
allá por el año de 1921, pues el sabor de las consejas populares es más agradable cuando va asociado con el rústico lenguaje y la
inocencia de quien las narra.“Lector, si crees que es comento, como me lo contaron te lo cuento”.
Pos verá áste…Como a las diez de la noche me estaba empujando
unos pulquitos en casa “La Charra”, sin darme siquiera cuenta
de que ya era noche pa´ retirarme. Dos o tres canciones me estuvo acompañando “El chueco” con su arpa, y cuando menos lo
pensé eran las once y se daba la voz de la “última” para cerrar la
cantina. Cada quien de los que estábamos “agarró” pa´su casa
y yo pa´ la mía, medio tambaleándome y agarrándome de las
ventanas, con estación obligada en las esquinas pa´reponerme
un poco y continuar mi camino. Al llegar a la esquina del hoy
Hospital de Concentración, dieron las doce, y yo, no sé por qué
causas las estuve oyendo marcadamente y repitiendo una a una
las campanadas. Poco caso hice ya de la hora y seguí caminando
hasta que al llegar al frente del Molino, vi la sombra de un bulto
que corría por la carcomida pared de lado Norte de las ruinas. Me
espanté, pa´que lo niego, pero me di de valor y seguí por la vereda
que a últimas fechas se abrió pa´ ir a donde estaba mi casa, por
un lado del rebaje que se hizo pa´sacar el riel. No sé porque voltié
pa´atrás y entonces una sombra blanca iba siguiendo a la otra. A
mí se me hace, oiga, que eran las ánimas de la mujer del soldado
y del revolucionario que los mató y después se mató él mismo.
En otra ocasión también devisé una luz desde mi casa.
Y la leyenda, conservada por la tradición, ha ido adulterándose  cada vez más, y al cabo de tantos años, es ahora motivo de nuevos cuentos y consejas.

Todavía, en la actualidad, los vecinos aseguran que a media noche, una mujer con manto blanco sale de las ruinas del Molino
y camina con paso firme por la banqueta de la barda del hospital, llega hasta el extremo del barandal y regresa, perdiéndose en las
espesas sombras de las viejas ruinas. Y las mujeres del “Barrial”, que tan sabrosos comentarios hacen de estos sucedidos, dicen que terminarán las apariciones fantásticas cuando las almas de los protagonistas de la tragedia ocurrida en el
Molino de Belén descansen en cristiana sepultura.