El Callejón del Oso

 

De Froylán Mier Narro

La historia colonial de Saltillo, por todos los conceptos interesante, está íntimamente ligada a los nombres que la tradición, las costumbres y los acontecimientos iban dando a las calles de la nueva  villa, a medida que ésta se formaba y crecía.

En aquellos tiempos no eran los honorables ayuntamientos quienes bautizaban las calles, los ranchos y los pueblos, sino los mismos hechos de la vida social, que impresionaban el sentimiento y excitaban la imaginación popular.

A finales del siglo xviii, el Callejón del Oso, que hasta hoy conserva su nombre, se hallaba en el extremo noreste de la villa,

donde empezaban, alterándose, yermos barriales y espesos bosques de huizaches y mezquites que se extendían hasta la falda de la sierra de Arteaga. En ese callejón formado por jacales de palma y una que otra casita de adobe, vivía una familia de menesterales, un matrimonio con dos hijos; un muchacho de diez y ocho años, y una niña de cinco. Eran de oficio caleros.

En el cocedor excavado a modo de chimenea, en cercana barranca del arroyo de la Tórtola, un vivo fuego de llama alimentado constantemente, debía arder 24 horas, bajo una bóveda de piedras azules, hábilmente acomodadas, hasta que éstas, eblandeciéndose, se abrieron como bollos de harina. Mientras el padre atizaba la lumbre, el muchacho arrimaba las ramas cortadas en los matorrales vecinos.

Y sucedió una vez que cuando ya declinaba la tarde, el mozo, acompañado de la niña, se alejó hasta las orillas del bosque, para arrimar a la caldera la última leña. Juntaba las ramas que había cortado, cuando oyó un grito de espanto. Era de la niña que se había quedado esperándole en un sitio próximo.

Corrió a ver qué pasaba y vio que un enorme oso negro estaba destrozando a su hermana. Impulsado por el instinto y el valor de la gente avezada a luchar por la vida, se arrojó sobre la fiera, dándole varios golpes en la cabeza con el machete, obligándolo a dejar el cuerpecito hecho pedazos.

La tremenda noticia se esparció prontamente por el vecindario; unos les creían, otros lo ponían en duda y sólo era evidente para los habitantes del barrio que supieron el suceso en labios del mozo y vieron tendido en el jacal de la familia del caldero, el cadáver ensangrentado de la niña.

Al día siguiente, unos campesinos de los ranchos inmediatos a la villa hallaron al oso, ya muerto, al borde de un estanque, a donde seguramente le había llevado la sed de la agonía. Desde entonces, aquel callejón se llamó “Del Oso”.